Con Chicha y Limona

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La belleza salvará al mundo

Antes del siglo IV, la fiesta de la Navidad coincidía con la fiesta de la Epifanía. Era una de las grandes fiestas en las que se celebraban las Teofanías de Dios, como momentos de luz a lo largo de un año. Durante mucho tiempo, se denominó a la Natividad como «Fiesta de las luces». Así como los libros litúrgicos llamaron a estas manifestaciones «Pascuas». El año litúrgico, la existencia cristiana, caminaba en su entrega personal y comunitaria entre dos grandes focos de luz: la Pascua de la Natividad y la Pascua de la Resurrección; la encarnación y nacimiento del Hijo de Dios y su entrega y resurrección por nosotros. Iban precedidos de sendos periodos de preparación, uno, el Adviento, el otro, la Cuaresma.

Algunos dirán que ¿para qué necesitamos este tiempo? ¿Acaso hay novedad? ¡Si es siempre lo mismo! A lo que le podríamos responder: ¿Para qué entonces el tiempo de la vida? ¿Acaso no es para algo? Y para los más cristianos, ¿le has entregado ya todo lo tuyo al Señor y a los hermanos? Necesitamos este tiempo de preparación y, es más, requerimos que nos lo recuerde la Iglesia todos los años.

Como hemos dicho más arriba, una de las notas más características de ambas fiestas era la luz. Acogiendo la fecha del 25 de diciembre, la Iglesia occidental quería expresar la luz que vence a las tinieblas, porque es la fecha donde las horas del día comienza a aumentar respecto de la noche (solsticio de invierno). Cristo es la Luz que vence a las tinieblas. Era maravilloso ver el gran lucernario que abría la noche antes de la misa nocturna que seguimos llamando del gallo. Porque la búsqueda de la belleza era la búsqueda de esta Luz, que alumbraba el mundo angustiado de soledad y oscuridad. Por esto, no es irrelevante la belleza de las celebraciones, porque se esperaba la manifestación de Aquel que es la Belleza: Cristo. Dostoievski lo expresó de un modo hermosísimo: «La Belleza salvará al mundo».

Tampoco es irrelevante que estemos nosotros dentro de la celebración. No es una belleza que buscamos para un momento, la buscamos para que fecunde toda nuestra vida. Es necesario que estemos. Hoy, es común escuchar en ambientes parroquiales, clericales y laicales, la lamentación de la pérdida de una cultura cristiana, cuando somos los primeros en hacer lo que todo el mundo. Parafraseando a Olivier Clement, podemos ver como todo lo que celebramos en la liturgia vale para la vida cotidiana, de modo que «el hombre en vías de curación es aquel que no cae en la desesperación, sino a los pies de Cristo, presente en lo más opaco de su infierno interior, se convierte poco a poco no sólo en un hombre que practica regularmente la liturgia, sino en un hombre litúrgico, “sacerdote” del mundo sobre el altar de su corazón». Esto es hacer cultura: vivir de la fe en todos los acontecimientos de la vida. Es posible que para un cristiano de hoy sea más cómodo separar su fe de la vida, y limpiar la conciencia en el cumplimiento (“cumplo” y “miento”) de una celebración, donde se permita el lujo de aburrirse, porque no tenga nada que celebrar o no haya descubierto a Aquel que es Belleza que salva. En el peor de los casos, dedicarse a celebrar una fiesta cristiana, prescindiendo de Cristo y de la Iglesia. Seguramente la culpa de tanta secularización sea nuestra. ¿Vivimos de lo que celebramos? ¿Celebramos los que vivimos?

Uno de los aspectos de la Navidad es el carácter pintoresco de nuestros actos de piedad. Todo parece que se enternece y que se detiene en el lado más humano del Misterio de Dios: el niño Jesús, su madre María y san José, el custodio de la Sagrada Familia de Nazaret. Es una de las fiestas más íntimas. Tal vez, tanta ternura, combinada con todos los acontecimientos comerciales, gastronómicos, televisivos y festivos, puedan adormecernos y no seamos nunca conscientes de qué supone para nosotros el Misterio del Dios hecho carne. Sin embargo, la ternura del Niño-Dios, vista con profundidad y desde la oración, puede hacernos ver quiénes somos y cómo tenemos que ser verdaderos hijos de Dios. Por este motivo sacamos algunas consecuencias.

En primer lugar, durante estas fiestas debemos prestar atención al incomprensible amor de Aquel que, siendo Dios, no hizo alarde de su categoría divina; ser conscientes del Amor que se rebaja hasta convertirse, de “Hijo eterno” de Dios, en “Hijo del Hombre” (Flp 2, 6-11). “Un niño ha nacido, lo encontraréis en un pesebre envuelto en pañales, éste es el Salvador de lo creado, ¡Venid, adorémosle!” (Lc 2, 11-12). Este movimiento de Dios nos muestra una de las características de nuestra existencia cristiana. A partir de este momento, se establece una ley espiritual en el cristianismo: “Todo lo que no consiente en rebajarse, en anonadarse, será abolido”. No sólo creemos que Dios se hizo hombre, que se rebajó, sino que lo deseamos para nosotros. Dentro de nuestra formación, mejor dicho, en nuestra oración, debemos incluir un cursillo para aprender a desear ser pequeños, los más insignificantes. De ser algo, ser servidores, y todo lo que uno pueda hacer que sea para donarse. Si Dios es misericordioso, aprender de este perdón; ser hombres y mujeres de reconciliación.

Otra de las características que aporta el Misterio de la Navidad es que Dios no es una idea, algo que nunca hemos visto. Los cristianos no somos necesariamente grandes pensadores, también necesitamos grandes cabezas, aunque éstas convertidas, abiertas a la gracia. Jesús hecho hombre es verdaderamente el Enmanuel: el Dios-con-nosotros. Esto nos da más datos para nuestro modo de vida. No creemos en una moral voluntarista, en una energía, en…; mejor leemos a Benedicto XVI: «Hemos creído en el Amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”. (Deus caritas est, 1). Si hemos encontrado a Jesús, si hemos comprendido qué supone el pesebre donde nos espera, comprenderemos cuál es nuestro camino; sabremos qué es la Iglesia.

Por lo tanto, otra consecuencia es que «todo conocimiento, toda verdad, debe transformarse en amor concreto». Toda experiencia espiritual está llamada a invadir nuestra existencia, no se puede quedar en algo meramente abstracto, debe ser tan concreto como nuestra misma persona, en un lugar y tiempo concretos, una realidad de carne y sangre. Así lo ha querido Dios al hacerse hombre. Si estas Navidades los cristianos decimos que nace el Hijo de Dios en un pesebre hay que concretarlo: ¿Qué supone esto para mí?

Si Dios quiere que le conozcamos desde su humanidad, quiere decir que no podemos vivir encerrados en nosotros mismos, más bien, nuestra identidad la encontramos a través del otro. Es una gran mentira que somos más libres desde nuestra individualidad, sólo somos capaces de saber quiénes somos a partir del amor en el otro. “Soy amado, luego existo”. Dios se nos presenta como Otro, para que aprendamos de Él; para que tengamos la seguridad en Él. Pero si amamos a Dios no podemos dejar de amar al hermano. En el Evangelio Cristo es un niño, se identifica en los pobres, en los tristes, en los perseguidos, en los encarcelados, en los enfermos…, para más información la Biblia (un libro altamente recomendado para católicos). Sin embargo, hoy tenemos sociedades podridas de corrupción y bienestar, aborto (Dios es un Niño), pobreza al doblar la calle…, hasta los cristianos, en muchas ocasiones, somos esos “trepas” que desean ocupar los puestos primeros y vivir acomodadamente.

Llegados a este momento, recomendamos una lectura interesante: El sacramento del hermano de Madre María Skobtsov. Una mujer destacada de la cultura de San Petersburgo, atea, socialista, revolucionaria, casada y divorciada dos veces, encargada de asesinar a Trotski, que se encuentra con Cristo y muere gaseada en un campo de concentración por ayudar a los judíos. Un testimonio impresionante. Una de las frases del libro: «el hecho de que hubiera cristianos que aceptaran voluntariamente sufrir y morir por y con los judíos anticipaba el momento escatológico de que reconocieran al Salvador». El camino de Cristo es nuestro camino, testimonio hecho vida. No deseemos sociedades cristianas si no estamos dispuestos a transparentar al Señor. Si no lo conocen, ¿cómo se convertirán a Él?

En el Evangelio podréis encontrar en 1Jn 3, 14-15: «Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. El que no ama a su hermano permanece en la muerte. El que odia a su hermano (…) no tiene en él la vida eterna». Un poco más arriba nos decía el apóstol: «Quien dice que está en la luz y odia a su hermano, todavía está en las tinieblas. Quien ama a su hermano permanece en la luz y nada le hará tropezar» (1Jn 2, 9-11).

Lo esencial de una persona es ser una revelación de la verdad como modo de existencia. Que no haga falta dar grandes explicaciones de nuestra fe, o explicar conceptos. Nuestra vida debe reflejar nuestra experiencia. Teófilo de Alejandría lo diría muy claro. Cuando le pedían que les hablase de su Dios decía: «Muéstrame a tu hombre y yo te mostraré a mi Dios». Hoy la batalla no es de grandes discursos y muchas letras, sino de hombres que aman, incluso a aquellos que les odian. Y perdón por las palabras de este escrito, pero en el fondo: «los conceptos son idolatrías» (San Gregorio de Nisa). La Verdad debe ser primero vivida y luego explicada, con el corazón puesto en Dios y fortalecido por los sacramentos.

Si hemos conocido el Amor, éste se manifestará en la belleza de nuestras vidas, porque «la Belleza es la Caridad encarnada» (Marko I. Rupnik). Que Santa María, Madre del Amor Hermoso, bendiga a los que van siendo consagrados en la belleza de Cristo.