Con Chicha y Limona

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Cuaresma 2010:
Tiempo para descubrir la belleza del crucificado.


Con motivo de la peregrinación de la Cruz de los Jóvenes, que nos conducirá a las Jornadas Mundiales de la Juventud, se nos pone en la perspectiva de reflexionar qué supone para nosotros la Cruz de Cristo. Como todo lo que hacemos en nuestra vida, incluso en la parroquia, puede suponer una cuestión más, o bien, algo que ha cambiado nuestra vida, una oportunidad para hacer más auténtica nuestra experiencia del Señor. Seguir el camino de la cruz. Éste es el tiempo que nos toca vivir ahora en esta Cuaresma 2010.

En el Evangelio se nos van a anunciar por tres veces que el Señor va a subir a Jerusalén para ser crucificado y, en las tres, acto seguido, los discípulos no se enteran de nada y quieren los primeros puestos. Al leerlo me venía a la cabeza la palabra humildad. Y, como el del chiste, de humildad… ¡ya andamos sobraos!

«El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga». Parece duro este precepto del Señor, pero la carga se hace llevadera porque sabemos quien nos lo pide. Sólo ante una experiencia real de Cristo podremos comprender qué es la Cruz, sólo conociéndole a Él abrazaremos la Cruz y diremos: mi cruz es llevadera y mi carga ligera.

Permitidme una anécdota personal. Me ayudó mucho, hace unos años, lo que me dijo un sacerdote en un retiro espiritual. Al tercer día, voy a hablar con él muy agobiado y le empiezo a decir todo el caos que había en mi cabeza, todos los problemas que veía en los demás, mis rectas intenciones, como quería y no podía… Se queda callado y me presenta un crucifijo y me dice: “Ahora te quedas ahí calladito y le dices que no tienes nada que ofrecerle” (y nos dieron las 10 y las 11, las doce, la una, las dos y las tres, como la canción). ¡Qué difícil es saberte necesitado de todo y saber que sólo Él puede hacer algo con tu vida!

Cuántas veces me adueño de mi vida, de la vocación que Dios me ha regalado, de mis amigos, de los criterios que me he marcado. Cuántas veces me considero ser alguien importante… Y de estas en mí veo mil al día y en la vida ordinaria…, mejor no juzgar. Cuántas veces creo que mi vida cristiana conduce a otro lugar que no es el de la Cruz. Pues, me lo repito todos los días: este camino conduce a la cruz, a cargar con mis pecados y, no sólo, con los pecados de los otros.


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Este es un muro difícil de saltar, ya que no sólo hay que vivirlo con resignación, sino con amor y alegría. Tal vez podamos pedir fuerzas para cargar con las limitaciones que veo en el otro, y pedir la gracia de llevarlas desde las mías. Aceptamos todo aquello que nos es molesto, lo contradictorio, a aquellos que nos persiguen porque no comprenden. Si quieres seguirle acepta en este tiempo de cuaresma la Cruz de las amenazas, de las seducciones, de los obstáculos; soporta, aguanta, mantente firme, persevera, y, sobre todo, ama. Todo esto es cargar con la Cruz. Nosotros hemos de gloriarnos en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo: en Él está nuestra salvación, vida y resurrección; Él nos ha salvado y liberado.

Mirando la cruz veo cual es la verdadera belleza cristiana. Estamos ya muy acostumbrados a ver en todas partes crucificados. En los cuatro primeros siglos del cristianismo nunca se representaba en el arte al crucificado y hoy, sin embargo, miramos piezas de Gregorio Fernández o de la escuela andaluza, y hablamos de su belleza. ¿Puede ser bella una cruz de la que cuelga un hombre muerto? ¿Puede ser bella nuestra vida con la Cruz?

El entonces cardenal Joseph Ratzinger, en una ponencia durante el Mitin de Rímini de 2002, habló de la contemplación de la belleza. Para ello, hizo alusión al salmo 34 que se reza en la liturgia romana el lunes de la segunda semana. Se fijaba en el contenido del salmo, comparándolo con las dos antífonas que presentaba para los distintos tiempos litúrgicos. Fue una invitación a dejar que la Verdad, el Bien y la Belleza murieran en la Cruz, para ver que la revelación aparecía en ella.

Es necesario tener estas dos experiencias. Deben ser ambas reales. Primero, la contemplación de la belleza de todo lo creado, de la persona de Cristo y del hombre. Verlo en toda su profundidad. Una vez conocida hay que dejar que se trunque ante la escena de Cristo muerto.

Pasa lo mismo con el interés que tenemos en conocer la Verdad y el Bien. Se debe romper junto con nuestro corazón, para que Dios se manifieste en nosotros.

Aquel que se ha llamado a sí mismo Camino, Verdad y Vida, se presenta colgado en la cruz. ¿Cómo conciliar tanta belleza con el horror de la destrucción de un hombre? El Camino se ha truncado, se convierte en sendero angosto, en callejón sin salida. La Verdad ha sido llevada silenciosa al matadero; las palabras se quiebran en gemidos. El más bello de todos los hombres se desfigura con violencia. El bien se eclipsa y todo el mal se convierte en condena. ¿Cómo podremos hablar de esperanza? ¿Dónde ha quedado la belleza si no aguantamos la mirada y los oídos se aturden de escuchar a este moribundo que reza gritando?

En este drama nos quedamos inmóviles, perplejos, sufrientes, porque todo aquello que creemos conocer se destruye. Aquí se muestra el drama humano. Sólo podemos afirmar entrecortadamente una cosa. Hoy se ha creado algo nuevo: el Silencio. Es necesario escuchar con lágrimas esta creación. Es necesario dejarse acompañar por esta soledad. Es necesario volver a mirar para comprender. Contemplándolo podremos apreciar un sonido leve, que va creciendo en nuestro espíritu; una dulce flauta que nos revela este combate interior. Pasado un tiempo podremos leer a san Agustín y escuchar:

«Dos flautas suenan de manera diferente, pero un mismo Espíritu sopla dentro. La primera dice: “es el más bello de los hombres”; la segunda, con Isaías, dice: “lo vimos sin belleza, ni aspecto atrayente”. Un único Espíritu toca las dos flautas: no desafinan en el sonido. No debes renunciar a escucharlas, sino tratar de comprenderlas. Preguntemos al apóstol Pablo para escuchar cómo nos explica la perfecta armonía de las dos flautas. Que suene la primera: “El más bello de los hijos de los hombres”, “a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios”. Ahí tienes en qué supera en belleza a los hijos de los hombres. Que suene también la segunda flauta: “Lo vimos sin belleza ni aspecto atrayente”; y esto porque “se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos, actuando como un hombre cualquiera”. “Sin belleza ni aspecto atrayente” para darte a ti belleza y aspecto atrayente. ¿Qué belleza? ¿Qué atractivo? El amor de la caridad, para que tú puedas correr amando y amar corriendo. […] Mira a aquel por quien has sido hecho bello»1.

Es el amor con que Cristo nos ha amado lo que transfigura el rostro del crucificado en el rostro hermoso. Su belleza es trasladada a nuestra naturaleza. El amor del crucificado es la belleza que salva, que ama. Podemos hablar ya de experiencia real en este amor, que es cumplimiento de la Promesa. «La experiencia de lo bello recibe una nueva profundidad, un nuevo realismo. Aquel que es la Belleza misma se ha dejado desfigurar el rostro, escupir encima y coronar de espinas. […] precisamente en este rostro desfigurado aparece la auténtica y suprema belleza: la belleza del amor que llega hasta el extremo y por eso se revela mas fuerte que la mentira y la violencia»2. Hoy la Verdad se hace humana, el Bien es posible, la Belleza es total, el Camino y la Vida es una Persona. En este rescate amoroso se revela la totalidad del hombre, ya podemos hablar de la auténtica Belleza.

La dulce sinfonía de las dos flautas que hace sonar la grata brisa del Espíritu Santo que nos revela el Misterio y nos da la comprensión en el amor. Un amor que conduce a la Cruz y espera en el silencio la Resurrección. El esplendor del amor no lo verás hasta ver al resucitado. No es fruto de razones, de búsquedas, es el don que se nos ha revelado en Cristo, dejar que Su Vida se manifieste en la tuya. Ya no buscamos la Verdad sino seguimos su persona, al Señor. Ahora somos el hombre que dice “yo sin Él ya no conozco nada; soy indigente de aquello que se me da”. Todo el drama se torna en experiencia viva del hombre que ama desde este amor crucificado, hasta dar la vida este tiempo de gracia.

Feliz conversión, feliz Cuaresma.

1 San Agustín, Comentario a la Primera carta de San Juan, IX, 9.
2 J. Ratzinger, La contemplación de la belleza, ponencia para el Mitin de Rímini (21-IX-2002).