San Pablo

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SESIÓN 1

1. EL AMBIENTE RELIGIOSO Y CULTURAL DE SAN PABLO

Introducción

     El apóstol san Pablo, figura excelsa y casi inimitable, pero en cualquier caso estimulante, se nos presenta como un ejemplo de entrega total al Señor y a su Iglesia, así como de gran apertura a la humanidad y a sus culturas. Así pues, es justo no sólo que le dediquemos un lugar particular en nuestra veneración, sino también que nos esforcemos por comprender lo que nos puede decir también a nosotros, cristianos de hoy. En este primer encuentro, consideraremos el ambiente en el que vivió y actuó. Este tema parecería remontamos a tiempos lejanos, dado que debemos insertamos en el mundo de hace dos mil años. Y, sin embargo, esto sólo es verdad en apariencia y parcialmente, pues podremos constatar que, en varios aspectos, el actual contexto sociocultural no es muy diferente al de entonces.

     Objetivos

     1. Conocer el ambiente sociocultural donde San Pablo desarrolla su tarea evangelizadora.

     2. Valorar las dificultades y beneficios que obtuvo de él.

     3. Descubrir las semejanzas con nuestra situación

I. Un judío en el Imperio Romano

     Un factor primario y fundamental que es preciso tener presente es la relación entre el ambiente en el que san Pablo nace y se desarrolla y el contexto global en el que sucesivamente se integra. Procede de una cultura muy precisa y circunscrita, ciertamente minoritaria: la del pueblo de Israel y de su tradición. Como nos enseñan los expertos, en el mundo antiguo, y de modo especial dentro del Imperio romano, los judíos debían de ser alrededor del 10% de la población total. En Roma, su número a mediados del siglo I era todavía menor, alcanzando al máximo el 3% de los habitantes de la ciudad. Sus creencias y su estilo de vida, como sucede también hoy, los distinguían claramente del ambiente circunstante. Esto podía llevar a dos resultados: o a la burla, que podía desembocar en la intolerancia, o a la admiración, que se manifestaba en varias formas de simpatía, como en el caso de los “temerosos de Dios” o de los “prosélitos”, paganos que se asociaban a la Sinagoga y compartían la fe en el Dios de Israel. Como ejemplos concretos de esta doble actitud podemos citar, por una parte, el duro juicio de un orador como Cicerón, que despreciaba su religión e incluso la ciudad de Jerusalén (cf. Pro Flacco, 66-69); y, por otra, la actitud de la mujer de Nerón, Popea, a la que Flavio Josefo recordaba como “simpatizante” de los judíos (cf. Antigüedades judías 20, 195.252; Vida 16); incluso Julio César les había reconocido oficialmente derechos particulares, como atestigua el mencionado historiador judío Flavio Josefo (cf. ib., 14,200-216). Lo que es seguro es que el número de los judíos, como sigue sucediendo en nuestro tiempo, era mucho mayor fuera de la tierra de Israel, es decir, en la diáspora, que en el territorio que los demás llamaban Palestina.

     No sorprende, por tanto, que san Pablo mismo haya sido objeto de esta doble y opuesta valoración de la que he hablado. Es indiscutible que el carácter tan particular de la cultura y de la religión judía encontraba tranquilamente lugar dentro de una institución tan invasora como el Imperio romano. Más difícil y sufrida será la posición del grupo de judíos o gentiles que se adherirán con fe a la persona de Jesús de Nazaret, en la medida en que se diferenciarán tanto del judaísmo como del paganismo dominante.

     Para pensar y compartir: ¿Cómo se valora en el Imperio Romano ser judló? Esa situación, ¿se parece en algo a cómo se valora hoy al cristiano? Indica semejanzas y diferencias.

II. Factores que favorecieron su misión

     En todo caso, dos factores favorecieron la labor de san Pablo. El primero fue la cultura griega, o mejor, helenista, que después de Alejandro Magno se había convertido en patrimonio común, al menos en la región del Mediterráneo oriental y en Oriente Próximo, aunque integrando en sí muchos elementos de las culturas de pueblos tradicionalmente considerados bárbaros. Un escritor de la época afirmaba que Alejandro ordenó que todos consideraran como patria toda la ecumene… y que ya no se hicieran diferencias entre griegos y bárbaros” (Plutarco, De Alexandri Magni fortuna aut virtute, 6.8.)

     El segundo factor fue la estructura politico-administraliva del “Imperio romano, que garantizaba paz y estabilidad desde Bretaña hasta el sur de Egipto, unificando un territorio de dimensiones nunca vistas con anterioridad. En este espacio era posible moverse con suficiente libertad y seguridad, disfrutando entre otras cosas de un excelente sistema de carreteras, y encontrando en cada punto de llegada características culturales básicas que, sin ir en detrimento de los valores locales, representaban un tejido común de unificación super partes, hasta el punto de que el filósofo judío Filón de Alejandría, contemporáneo de san Pablo, alaba al emperador Augusto porque “ha unido en armonía a todos los pueblos salvajes… convirtiéndose en guardián de la paz” (Legatio ad Caium, 146-147).

III. Visión universalista

     Ciertamente, la visión universalista típica de la personalidad de san Pablo, al menos del Pablo cristiano después de lo que sucedió en el camino de Damasco, debe su impulso fundamental a la fe en Jesucristo, puesto que la figura del Resucitado va más allá de todo particularismo. De hecho, para el Apóstol “ya no hay judio ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Ga 3, 28.). Sin embargo, la situación histórico-cultural de su tiempo y de su ambiente también influyó en sus opciones y en su compromiso. Alguien definió a san Pablo como “hombre de tres culturas”, teniendo en cuenta su origen judío, su lengua griega y su prerrogativa de “civis romanus”, como lo testimonia también su nombre, de origen latino.

     Conviene recordar de modo particular la filosofía estoica, que era dominante en el tiempo de san Pablo y que influyó, aunque de modo marginal, también en el cristianismo. A este respecto, podemos mencionar algunos nombres de ‘filósofos estoicos, como los iniciadores Zenón y Cleantes, y luego los de los más cercanos cronológicamente a san Pablo, como Seneca, Musonio y Epicteto: en ellos se encuentran valores elevadísimos de humanidad y de sabiduría, que serán acogidos naturalmente en el cristianismo.

     Como escribe acertadamente un experto en la materia, “la Estoa… anunció un nuevo ideal, que ciertamente imponía al hombre deberes con respecto a sus semejantes, pero al mismo tiempo lo liberaba de todos los lazos físicos y nacionales y hacía de él un ser puramente espiritual” (M. Pohlenz, La Stoa, I, Florencia 1978, p. 565). Basta pensar, por ejemplo, en la doctrina del universo, entendido como un gran cuerpo armonioso y, por tanto, en la doctrina de la igualdad entre todos los hombres, sin distinciones sociales; en la igualdad, al menos a nivel de principio, entre él hombre y la mujer; y en él ideal de la sobriedad, de la justa medida y del dominio de sí para evitar todo exceso. Cuando san Pablo escribe a los Filipenses: “Todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio, todo eso tenedlo en cuenta” (Flp 4, 8.), no hace más que retomar una concepción muy humanista propia de esa sabiduría filosófica.
Para pensar y compartir: ¿Qué influencias y factores favorecieron él sentido de universalidad de Pablo? En la sociedad actual, ¿descubrimos ideas, aspiraciones, inquietudes que estén en sintonía con el anuncio cristiano? ¿Cuáles?

IV. Búsqueda religiosa

     En tiempos de san Pablo existía también una crisis de la religión tradicional, al menos en sus aspectos mitológicos e incluso cívicos. Después de que Lucrecio, un siglo antes, sentenciara polémicamente: “La religión ha llevado a muchos delitos (De rerum natura, 1, 101), un filósofo como Séneca, superando todo ritualismo exterior, enseñaba que Dios está cerca de ti, está contigo, está dentro de ti (Cartas a Lucilio, 41, 1). Del mismo modo, cuando san Pablo se dirige a un auditorio de filósofos epicúreos y estoicos en el Areópago de Atenas, dice textualmente que “Dios… no habita en santuarios fabricados por manos humanas…, pues en él vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17, 24.28.). Ciertamente, así se hace eco de la fe judía en un Dios que no puede ser representado de una manera antropomórfica, pero también se pone en una longitud de onda religiosa que sus oyentes conocían bien.

     Además, debemos tener en cuenta que muchos cultos paganos prescindían de los templos oficiales de la ciudad y se realizaban en lugares privados que favorecían la iniciación de los adeptos. Por eso, no suscitaba sorpresa el hecho de que también las reuniones cristianas (las ekklesíaí, como testimonian sobre todo las cartas de san Pablo, tuvieran lugar en casas privadas. Entonces, por lo demás, no existía todavía ningún edificio público. Por tanto, los contemporáneos debían considerar las reuniones de los cristianos como una simple variante de esta practica religiosa más íntima. De todos modos, las diferencias entre los cultos paganos y el culto cristiano no son insignificantes y afectan tanto ala conciencia de la identidad de los que asistían como a la participación en común de hombres y mujeres, a la celebración de la Cena del Señor y a la lectura de las Escrituras.

     Para pensar y compartir: ¿En qué consistía esa búsqueda religiosa en ‘tiempos de Pablo? Hoy, ¿te parece que se busca la trascendencia, huellas de Dios? Si es así, ¿en qué lo notas?

Conclusión

     En conclusión, a la luz de este rápido repaso del ambiente cultural del siglo I de la era cristiana, queda claro que no se puede comprender adecuadamente a san Pablo sin situarlo en el trasfondo, tanto judío como pagano, de su tiempo. De este modo, su figura adquiere gran alcance histórico e ideal, manifestando elementos compartidos y originales con respecto al ambiente. Pero todo esto vale también para el cristianismo en general, del que el apóstol san Pablo es un paradigma destacado, de quien todos tenemos siempre mucho que aprender. Este es el objetivo del Año paulino: aprender de san Pablo; aprender la fe; aprender a Cristo; aprender, por último, el camino de una vida recta.


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SESIÓN 2

2. EL ACONTECIMIENTO DE DAMASCO y SU SIGNIFICADO

Introducción

     La catequesis de hoy estará dedicada a la experiencia que san Pablo tuvo en el camino de Damasco y, por tanto, a lo que se suele llamar su conversión. Precisamente en el camino de Damasco, en los inicios de la década del año 30 del siglo 1, después de un período en el que había perseguido a la Iglesia, se verificó el momento decisivo de la vida de san Pablo. Sobre él se ha escrito mucho y naturalmente desde diversos puntos de vista. Lo cierto es que allí tuvo lugar un viraje, más aún, un cambio total de perspectiva. A partir de entonces, inesperadamente, comenzó a considerar “pérdida” y “basura” todo aquello que antes constituía para él el máximo ideal, casi la razón de ser de su existencia (cf. Flp 3,7-8) ¿Qué es lo que sucedió?

Objetivos

     1. Conocer algunos rasgos significativos de los orígenes de San Pablo.

     2. Valorar la importancia que tuvo en su vida el acontecimiento de Damasco.

     3. Descubrir el significado de la conversión en mi propia vida

I. En la frontera de las tres culturas

     Los datos biográficos de san Pablo se encuentran respectivamente en la carta a Filemón, en la que se declara “anciano” -presbytes- (FIm 9), y en los Hechos de los Apóstoles, que en el momento de la lapidación de Esteban dice que era “joven” neanías- (Hch 7, 58). Evidentemente, ambas designaciones son genéricas, pero, según los cálculos antiguos, se llamaba ‘joven” al hombre que tenía unos treinta años, mientras que se le llamaba “anciano” cuando llegaba a los sesenta. En términos absolutos, la fecha de nacimiento de san Pablo depende en gran parte de la fecha en que fue escrita la carta a Filemón. Tradicionalmente su redacción se sitúa durante su encarcelamiento en Roma, a mediados de los años 60. San Pablo habría nacido el año 8; por tanto, tenía más o menos sesenta años, mientras que en el momento de la lapidación de Esteban tenía treinta. Esta debería de ser la cronología exacta. Y el Año paulino que estamos celebrando sigue precisamente esta cronología. Ha sido escogido el año 2008 pensando en que nació más o menos en el año 8.

     En cualquier caso, nació en Tarso de Cilicia (cf. Hch 22, 3). Esa ciudad era capital administrativa de la región y en el año 51 antes de Cristo había tenido como procónsul nada menos que a Marco Tulio Cicerón, mientras que diez años después, en el año 41, Tarso había sido el lugar del primer encuentro entre Marco Antonio y Cleopatra. San Pablo, judío de la diáspora, hablaba griego a pesar de que tenía un nombre de origen latino, derivado por asonancia del original hebreo Saúl/Saulo, y gozaba de la ciudadanía romana (cf. Hch 22, 25-28). Así, san Pablo está en la frontera de tres culturas diversas -romana, griega y judía- y quizá también por este motivo estaba predispuesto a fecundas aperturas universalistas, a una mediación entre las culturas, a una verdadera universalidad. También aprendió un trabajo manual, quizá heredado de su padre, que consistía en el oficio de “fabricar tiendas” -skenopoiós- (Hch 18, 3), lo cual probablemente equivalía a trabajar la lana ruda de cabra o la fibra de lino para hacer esteras o tiendas (cf. Hch 20, 33-35).

     Hacia los doce o trece años, la edad en la que un muchacho judío se convierte en bar mitzvá (”hijo del precepto”), san Pablo dejó Tarso y se trasladó a Jerusalén para ser educado a los pies del rabí Gamaliel el Viejo, nieto del gran rabí Hillel, según las normas más rígidas del fariseísmo, adquiriendo un gran celo por la Torá mosaica (cf. Ga 1, 14; Flp 3, 5-6; Hch 22, 3; 3, 6; 26, 5).

     Por esta ortodoxia profunda, que aprendió en la escuela de Hillel, en Jerusalén, consideró que el nuevo movimiento que se inspiraba en Jesús de Nazaret constituía un peligro, una amenaza para la identidad judía, para la auténtica ortodoxia de los padres. Esto explica el hecho de que haya “perseguido encarnizadamente a la Iglesia de Dios”, como lo admitirá en tres ocasiones en sus cartas (1 Co 15, 9; Ga 1, 13; Flp 3, 6). Aunque no es fácil imaginar concretamente en qué consistió esta persecución, desde luego tuvo una actitud de intolerancia. Aquí se sitúa el acontecimiento de Damasco, sobre el que hablaremos a continuación.

Para pensar y compartir

     Lee Flp 3,5-6. ¿Cómo se presenta san Pablo? ¿Cómo te presentarías tú ante una comunidad cristiana diferente de la tuya? Lee Hch 5.27-39: ¿Qué ocurre? ¿Quién interviene a favor de los cristianos? ¿Cómo se le presenta en los Hechos? ¿Te has fijado en la relación que tuvieron Pablo y Gamaliel? Parece que no siempre los fariseos fueron contra los cristianos: mira Hch 23,6-10.

II. El acontecimiento de Damasco

     a) Los relatos de los Hechos de los Apóstoles

     Al respecto tenemos dos tipos de fuentes. El primer tipo, el más conocido, son los relatos escritos por san Lucas, que en tres ocasiones narra ese acontecimiento en los Hechos de los Apóstoles (cf. Hch 9, 1-19; 22, -21; 26, 4-23). Tal vez el lector medio puede sentir la tentación de detenerse demasiado en algunos detalles, como la luz del cielo, la carda a tierra, la voz que llama, la nueva condición de ceguera, la curación por la carda de una especie de escamas de los ojos y el ayuno. Pero todos estos detalles hacen referencia al centro del acontecimiento: Cristo resucitado se presenta como una luz espléndida y se dirige a Saulo, transforma su pensamiento y su vida misma. El esplendor del Resucitado lo deja ciego; así, se presenta también exteriormente lo que era su realidad interior, su ceguera respecto de la verdad, de la luz que es Cristo. y después su “sí” definitivo a Cristo en el bautismo abre de nuevo sus ojos, lo hace ver realmente. En la Iglesia antigua el bautismo se llamaba también “iluminación”, porque este sacramento da la luz, hace ver realmente. En Pablo se realizó también físicamente todo lo que se indica teológicamente: una vez curado de su ceguera interior, ve bien. San Pablo, por tanto, no fue transformado por un pensamiento sino por un acontecimiento, por la presencia irresistible del Resucitado, de la cual ya nunca podrá dudar, pues la evidencia de ese acontecimiento, de ese encuentro, fue muy fuerte. Ese acontecimiento cambió radicalmente la vida de san Pablo. En este sentido se puede y se debe hablar de una conversión. Ese encuentro es el centro del relato de san Lucas, que tal vez utilizó un relato nacido probablemente en la comunidad de Damasco. Lo da a entender el colorido local dado por la presencia de Ananías y por los nombres tanto de la calle como del propietario de la casa en la que Pablo se alojó (cf. Hch 9,11).

Para pensar y compartir

     Repartidos en tres grupos leemos en el primero Hch 9,1-19; en el segundo Hch 22,3-21; en el tercero Hch 26,4-23. Realizamos un esquema de cada relato. Comparamos los elementos comunes y señalarnos las diferencias.

     b) Las cartas de San Pablo

     El segundo tipo de fuentes sobre la conversión está constituido por las mismas Cartas de san Pablo. Él mismo nunca habló detalladamente de este acontecimiento, tal vez porque podía suponer que todos conocían lo esencial de su historia, todos sabrán que de perseguidor había sido transformado en apóstol ferviente de Cristo. Eso no había sucedido como fruto de su propia reflexión, sino de un acontecimiento fuerte, de un encuentro con el Resucitado. Sin dar detalles, en muchas ocasiones alude a este hecho importantísimo, es decir, al hecho de que también él es testigo de la resurrección de Jesús, cuya revelación recibió directamente del mismo Jesús, junto con la misión de apóstol. El texto más claro sobre este punto se encuentra en su relato sobre lo que constituye el centro de la historia de la salvación: la muerte y la resurrección de Jesús y las apariciones a los testigos (cf. 1 Co 15). Con palabras de una tradición muy antigua, que también él recibió de la Iglesia de Jerusalén, dice que Jesús murió crucificado, fue sepultado y, tras su resurrección, se apareció primero a Cefas, es decir a Pedro, luego a los Doce, después a quinientos hermanos que en gran parte entonces vivían aún, luego a Santiago y a todos los Apóstoles. Al final de este relato recibido de la tradición añade: “Y por último se me apareció también a mí’ (1 Co 15,8). Así da a entender que este es el fundamento de su apostolado y de su nueva vida. Hay también otros textos en los que expresa lo mismo: “Por medio de Jesucristo hemos recibido la gracia del apostolado” (Rm 1, 5); Y también: 11 ¿Acaso no he visto a Jesús, Señor nuestro?’ (1 ea 9, 1), palabras con las que alude a algo que todos saben. Y, por último, el texto más amplio es el de la carta a los Gálatas: “Mas, cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia tuvo a bien revelar en mi a su Hijo, para que le anunciase entre los gentiles, al punto, sin pedir consejo ni a la carne ni a la sangre, sin subir a Jerusalén donde los Apóstoles anteriores a mI, me fui a Arabia, de donde nuevamente volví a Damasco” (Ga 1, 15-17). En esta “auto-apología” subraya decididamente que también él es verdadero testigo del Resucitado, que tiene una misión recibida directamente del Resucitado.

III. El encuentro con el Resucitado

     Así podemos ver que las dos fuentes, los Hechos de los Apóstoles y las Cartas de san Pablo, convergen en un punto fundamental: el Resucitado habló a san Pablo, lo llamó al apostolado, hizo de él un verdadero apóstol, testigo de la Resurrección, con el encargo específico de anunciar el Evangelio a los paganos, al mundo grecorromano. Al mismo tiempo, san Pablo’ aprendió que, a pesar de su relación inmediata con el Resucitado, debía entrar en la comunión de la Iglesia, debía hacerse bautizar, debía vivir en sintonía con los demás Apóstoles. Sólo en esta comunión con todos podrá ser un verdadero apóstol, como escribe explícitamente en la primera carta a los Corintios: “Tanto ellos como yo esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído” (1 Co 15, 11). Sólo existe un anuncio del Resucitado, porque Cristo es uno solo. Como se ve, en todos estos pasajes san Pablo no interpreta nunca este momento como un hecho de conversión. ¿Por qué? Hay muchas hipótesis, pero en mi opinión el motivo es muy evidente. Este viraje de su vida, esta transformación de todo su ser no fue fruto de un proceso psicológico, de una maduración o evolución intelectual y moral, sino que llegó desde fuera: no fue fruto de su pensamiento, sinode1 encuentro con Jesucristo. En este sentido no fue sólo una conversión, una maduración de su “yo”; fue muerte y resurrección para él mismo: murió una existencia suya y nació otra nueva con Cristo resucitado. De ninguna otra forma se puede explicar esta renovación de san Pablo. Los análisis psicológicos no pueden aclarar ni resolver el problema. Sólo el acontecimiento, el encuentro fuerte con Cristo, es la clave para entender lo que sucedió: muerte y resurrección, renovación por parte de Aquel que se había revelado y había hablado con él. En este sentido más profundo podemos y debemos hablar de conversión.

     Este encuentro es una renovación real que cambió todos sus parámetros. Ahora puede decir que lo que para él antes era esencial y fundamental, ahora se ha convertido en “basura”; ya no es “ganancia” sino pérdida, porque ahora cuenta sólo la vida en Cristo. Sin embargo no debemos pensar que san Pablo se cerró en un acontecimiento ciego. En realidad sucedió lo contrario, porque Cristo resucitado es la luz de la verdad, la luz de Dios mismo. Ese acontecimiento ensanchó su corazón, lo abrió a todos. En ese momento no perdió cuanto había de bueno y de verdadero en su vida, en su herencia, sino que comprendió de forma nueva la sabiduría, la verdad, la profundidad de la ley y de los profetas, se apropió de ellos de modo nuevo. Al mismo tiempo, su razón se abrió a la sabiduría de los paganos. Al abrirse a Cristo con todo su corazón, se hizo capaz de entablar un diálogo amplio con todos, se hizo capaz de hacerse todo a todos. Así realmente podía ser el Apóstol de los gentiles. En relación con nuestra vida, podemos preguntarnos: ¿Qué quiere decir esto para nosotros? Quiere decir que tampoco para nosotros el cristianismo es una filosofía nueva o una nueva moral. Sólo somos cristianos si nos encontramos con Cristo. Ciertamente no se nos muestra de esa forma irresistible, luminosa, como hizo con san Pablo para convertirlo en Apóstol de todas las gentes. Pero también nosotros podemos encontramos con Cristo en la lectura de la sagrada Escritura, en la oración. en la vida litúrgica de la Iglesia. Podemos tocar el corazón de Cristo y sentir que él toca el nuestro. Sólo en esta relación personal con Cristo. sólo en este encuentro con el Resucitado nos convertimos realmente en cristianos. Así se abre nuestra razón. se abre toda la sabiduría de Cristo y toda la riqueza de la verdad.

Para pensar y compartir

     ¿Qué señala el texto como determinante en la transformación de Pablo? ¿Qué consecuencias tiene? Señálalas. En el texto ¿dónde se indica que nos encontramos hoy con Cristo? ¿Cuál es tu experiencia?

Conclusión

     Por tanto oremos al Señor para que nos ilumine, para que nos conceda en nuestro mundo el encuentro con su presencia y para que así nos dé una fe viva, un corazón abierto. una gran caridad con todos, capaz de renovar el mundo.

Gamaliel

     Gamaliel el viejo, venerado discípulo del gran maestro Hillel, uno de los más prestigiosos exponentes del pensamiento judío, que había predicado la humildad, el respeto de prójimo y la solidaridad universal, y habla sido un innovador en el campo exegético, conocido por su interpretación no rígida de la Escritura. Gamaliel es mencionado también en He 5,34-39, donde da un consejo sabio y equilibrado sobre los cristianos perseguidos.

Damasco

     El espléndido oasis de Damasco -a 690 metros sobre el nivel del mar, entre el Antilíbano y el desierto, en la encrucijada de importantes caminos de caravanas, a poco más de 200 km de Jerusalén- era fácil refugio de judíos proscritos y perseguidos; de hec1w, albergaba una numerosa colonia judía: unos diez mil individuos, según Flavio Josefo. Su ciudadela, replanificada por los seléucidas en estilo hipodameo, estaba atravesada de este a oeste por la famosa ‘Vía recta”, todavía existente, y encerrada todo alrededor por un muro con puertas.


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SESIÓN 3

3. LOS VIAJES DE SAN PABLO
Introducción
A partir del acontecimiento de Damasco, la vida de Pablo cambió y se convirtió en un apóstol incansable del Evangelio. De hecho, san Pablo pasó a la historia más por lo que hizo como cristiano, y como apóstol, que como fariseo. Tradicionalmente se divide su actividad apostólica de acuerdo con los tres viajes misioneros, a los que se añadió el cuarto a Roma como prisionero. Todos los narra san Lucas en los Hechos de los Apóstoles.
Objetivos
1. Conocer en rasgos generales los viajes de San Pablo.
2. Valorar su pasión por anunciar el Evangelio.
3. Descubrir nuestra tarea evangelizadora, a pesar de las dificultades.

I. El primer viaje misionero
Al hablar de los tres viajes misioneros, hay que distinguir el primero de los otros dos. En efecto, en el primero (cf. Hch 13-14), san Pablo no tuvo la responsabilidad directa, pues fue encomendada al chipriota Bernabé. Juntos partieron de Antioquía del Orontes, enviados por esa Iglesia (cf. Hch 13, 1-3), y después de zarpar del puerto de Seleucia, en la costa siria, atravesaron la isla de Chipre, desde Salamina a Pafos; desde allí llegaron a las costas del sur de Anatolia, hoy Turquía, pasando por las ciudades de Atalía, Perge de Panfilia, Antioquía de Pisidia, Iconio, Listra y Derbe, desde donde regresaron al punto de partida. Había nacido así la Iglesia de los pueblos, la Iglesia de los paganos.
Para reflexionar y compartir: Te darás cuenta de la importancia que tiene la comunidad de Antioquia de Siria o del Orontes. Conoce esa comunidad leyendo Hch 11,19-30. De allí partirá San Pablo a sus viajes misioneros y allí es donde volverá… siempre que pueda. Lee Hch 13,1-3 y 14,21-28. ¿Qué destacarías de estos textos? ¿Qué te sugieren para tu actividad pastoral o tu testimonio cristiano?

II. El concilio de Jerusalén
Mientras tanto, sobre todo en Jerusalén, había surgido una fuerte discusión sobre si estos cristianos procedentes del paganismo estaban obligados a entrar también en la vida y en la ley de Israel (varias normas y prescripciones que separaban a Israel del resto del mundo) para participar realmente en las promesas de los profetas y para entrar efectivamente en la herencia de Israel. A fin de resolver este problema fundamental para el nacimiento de la Iglesia futura se reunió en Jerusalén el así llamado Concilio de los Apóstoles para tomar una decisión sobre este problema del que dependía el nacimiento efectivo de una Iglesia universal. Se decidió que no había que imponer a los paganos convertidos el cumplimiento de la ley de Moisés (cf. Hch 15, 6-30); es decir, que no estaban obligados a respetar las normas del judaísmo. Lo único necesario era ser de Cristo, vivir con Cristo y según sus palabras. De este modo, siendo de Cristo, eran también de Abraham, de Dios, y participaban en todas las promesas.
Para reflexionar y compartir: Lee el capítulo 15 de los Hechos de los Apóstoles hasta el versículo 35, así comprenderás lo que se ventilaba en esa reunión. ¿Te parecen importantes las motivaciones para discutirlas en la asamblea? ¿Te sugiere una forma de resolver los conflictos dentro de la Iglesia?

III. Segundo viaje misionero
Tras este acontecimiento decisivo, san Pablo se separó de Bernabé, escogió a Silas y comenzó el segundo viaje misionero (cf. Hch 15,36-18,22). Después de recorrer Siria y Cilicia, volvió a ver la ciudad de Listra, donde tomó consigo a Timoteo (personalidad muy importante de la Iglesia naciente, hijo de una judía y de un pagano), e hizo que se circuncidara. Atravesó la Anatolia central y llegó a la ciudad de Tróade, en la costa norte del Mar Egeo. Allí tuvo lugar un nuevo acontecimiento importante: en sueños vio a un macedonio en la otra parte del mar, es decir en Europa, que le decía: “¡Ven a ayudarnos!”. Era la Europa futura que le pedía ayuda, la luz del Evangelio. Movido por esta visión, entró en Europa. Zarpó hacia Macedonia, entrando así en Europa. Tras desembarcar en Neápoles, llegó a Filipos, donde fundó una hermosa comunidad; luego pasó a Tesalónica y, dejando esta ciudad a causa de las dificultades que le provocaron los judíos, pasó por Berea y llegó a Atenas.
En esta capital de la antigua cultura griega predicó, primero en el Ágora y después en el Areópago, a los paganos y a los griegos. Y el discurso del Areópago, narrado en los Hechos de los Apóstoles, es un modelo sobre cómo traducir el Evangelio en cultura griega, cómo dar a entender a los griegos que este Dios de los cristianos, de los judíos, no era un Dios extranjero a su cultura sino el Dios desconocido que esperaban, la verdadera respuesta a las preguntas más profundas de su cultura.
Seguidamente, desde Atenas se dirigió a Corinto, donde permaneció un año y medio. Y aquí tenemos un acontecimiento cronológicamente muy seguro, el más seguro de toda su biografía, pues durante esa primera estancia en Corinto tuvo que comparecer ante el gobernador de la provincia senatorial de Acaya, el procónsul Galión, acusado de un culto ilegítimo. Sobre este Galión y el tiempo que pasó en Corinto existe una antigua inscripción, encontrada en Delfos, donde se dice que era procónsul de Corinto entre los años 51 y 53. Por tanto, aquí tenemos una fecha totalmente segura. La estancia de san Pablo en Corinto tuvo lugar en esos años. Por consiguiente, podemos suponer que llegó más o menos en el año 50 y que permaneció hasta el año 52. Desde Corinto, pasando por Cencres, puerto oriental de la ciudad, se dirigió hacia Palestina, llegando a Cesarea Marítima, desde donde subió a Jerusalén para regresar después a Antioquía del Orontes.
Para reflexionar y compartir: Vamos a fijarnos en el discurso de Pablo en el Areópago, leyendo cómo se produce: Hch 17,16-34. ¿Porqué Pablo es invitado a hablar allí? ¿Cómo considera Pablo a los atenienses? ¿Cómo se dirige a ellos? ¿Cuál es el resultado? ¿Porqué?

IV. El tercer viaje
El tercer viaje misionero (cf. Hch 18, 23-21,16) comenzó como siempre en Antioquía, que se había convertido en el punto de origen de la Iglesia de los paganos, de la misión a los paganos, y era el lugar en el que nació el término “cristianos”. Como nos dice san Lucas, allí por primera vez los seguidores de Jesús fueron llamados “cristianos”. Desde allí san Pablo se fue directamente a Éfeso, capital de la provincia de Asia, donde permaneció dos años, desempeñando un ministerio que tuvo fecundos resultados en la región. Desde Éfeso escribió las cartas a los Tesalonicenses y a los Corintios. Sin embargo, la población de la ciudad fue instigada contra él por los plateros locales, cuyos ingresos disminuían a causa de la reducción del culto a Artemisia (el templo dedicado a ella en Éfeso, el Artemision, era una de las siete maravillas del mundo antiguo); por eso, san Pablo tuvo que huir hacia el norte. Volvió a atravesar Macedonia, descendió de nuevo a Grecia, probablemente a Corinto, permaneciendo allí tres meses y escribiendo la famosa Carta a los Romanos.
Desde allí volvió sobre sus pasos: regresó a Macedonia, llegó en barco a Tróade y, después, tocando apenas las islas de Mitilene, Quíos y Samos, llegó a Mileto, donde pronunció un importante discurso a los ancianos de la Iglesia de Éfeso, ofreciendo un retrato del auténtico pastor de la Iglesia (cf. Hch 20). Desde allí volvió a zapar en un barco de vela hacia Tiro; llegó a Cesarea Marítima y subió una vez más a Jerusalén.
Para reflexionar y comentar: La despedida de los dirigentes de la Iglesia de Éfeso en Mileto es de lo más hermoso que conocemos de Pablo. Leedlo en Hechos 20,17-38. Después señalad cómo describe Pablo su ministerio e indicad sus consejos a los dirigentes de aquellas iglesias. ¿Tienen actualidad?

V. El viaje de la cautividad
En Jerusalén fue arrestado a causa de un malentendido: algunos judíos habían confundido con paganos a otros judíos de origen griego, introducidos por san Pablo en el área del templo reservada a los israelitas. La condena a muerte, prevista en estos casos, se le evitó gracias a la intervención del tribuno romano de guardia en el área del templo (cf. Hch 21, 27-36); esto tuvo lugar mientras en Judea era procurador imperial Antonio Félix. Tras un período en la cárcel (sobre cuya duración no hay acuerdo), dado que, por ser ciudadano romano, había apelado al César (que entonces era Nerón), el procurador sucesivo, Porcio Festo, lo envió a Roma con una custodia militar.
El viaje a Roma tocó las islas mediterráneas de Creta y Malta, y después las ciudades de Siracusa, Reggio Calabria y Pozzuoli. Los cristianos de Roma salieron a recibirle en la vía Apia hasta el Foro de Apio (a unos 70 kilómetros al sur de la capital) y otros hasta las Tres Tabernas (a unos 40 kilómetros). En Roma tuvo un encuentro con los delegados de la comunidad judía, a quienes explicó que llevaba sus cadenas por “la esperanza de Israel” (cf. Hch 28, 20). Pero la narración de san Lucas concluye mencionando los dos años que pasó en Roma bajo una blanda custodia militar, sin mencionar ni una sentencia de César (Nerón) ni mucho menos la muerte del acusado.

VI. El final de Pablo
Tradiciones sucesivas hablan de que fue liberado, de que emprendió un viaje misionero a España, así como de un sucesivo periplo por Oriente, en particular por Creta, Éfeso y Nicópolis, en Epiro. Entre las hipótesis, se conjetura un nuevo arresto y un segundo período de encarcelamiento en Roma (donde habría escrito las tres cartas llamadas pastorales, es decir, las dos enviadas a Timoteo y la dirigida a Tito) con un segundo proceso, que le resultó desfavorable. Sin embargo, una serie de motivos lleva a muchos estudiosos de san Pablo a concluir la biografía del apóstol con la narración de san Lucas en los Hechos de los Apóstoles.
Sobre su martirio volveremos a hablar más adelante en el ciclo de nuestras catequesis.

POR AHORA, EN ESTE BREVE ELENCO DE LOS VIAJES DE SAN PABLO, ES SUFICIENTE TENER EN CUENTA QUE SE DEDICÓ AL ANUNCIO DEL EVANGELIO SIN AHORRAR ENERGÍAS, AFRONTANDO UNA SERIE DE DURAS PRUEBAS, QUE ÉL MISMO ENUMERA EN LA SEGUNDA CARTA A LOS CORINTIOS (CF. 2 CO 11, 21-28).
Por lo demás, él mismo escribe: “Todo esto lo hago por el Evangelio” (1 Co 9, 23), ejerciendo con total generosidad lo que él llama “la preocupación por todas las Iglesias” (2 Co 11, 28). Su compromiso sólo se explica con un alma verdaderamente fascinada por la luz del Evangelio, enamorada de Cristo, un alma sostenida por una convicción profunda: es necesario llevar al mundo la luz de Cristo, anunciar el Evangelio a todos.
Conclusión
Me parece que la conclusión de esta breve reseña de los viajes de san Pablo puede ser: ver su pasión por el Evangelio, intuir así la grandeza, la hermosura, es más, la necesidad profunda del Evangelio para todos nosotros. Oremos para que el Señor, que hizo ver su luz a san Pablo, que le hizo escuchar su palabra, que tocó su corazón íntimamente, nos haga ver también a nosotros su luz, a fin de que también nuestro corazón quede tocado por su Palabra y así también nosotros podamos dar al mundo de hoy, que tiene sed de ellas, la luz del Evangelio y la verdad de Cristo.

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SESIÓN 4

4. SAN PABLO CONOCIÓ A JESÚS VERDADERAMENTE DE CORAZÓN
Introducción
En las últimas catequesis sobre san Pablo hablamos de su encuentro con Cristo resucitado, que cambió profundamente su vida. Queda ahora la cuestión de qué sabía san Pablo del Jesús terreno, de su vida, de sus enseñanzas, de su pasión.
Objetivos
1. Distinguir entre dos posibles formas de conocer a las personas.
2. Conocer las referencias sobre el Jesús de la historia que aparecen en las cartas de Pablo.
3. Aprender a situarnos ante Jesucristo como ante un Hermano, como ante el Señor viviente.

I. Dos formas de conocer a las personas
Antes de entrar en esta cuestión, puede ser útil tener presente que el mismo san Pablo distingue dos maneras de conocer a Jesús y, más en general, dos maneras de conocer a una persona.
En la segunda carta a los Corintios escribe: “Así que en adelante ya no conocemos a nadie según la carne. Y si conocimos a Cristo según la carne, ya no le conocemos así” (2 Co 5, 16). Conocer “según la carne”, de modo carnal, quiere decir conocer sólo exteriormente, con criterios externos: se puede haber visto a una persona muchas veces, conocer sus rasgos y los diversos detalles de su comportamiento: cómo habla, cómo se mueve, etc. Y sin embargo, aun conociendo a alguien de esta forma, no se le conoce realmente, no se conoce el núcleo de la persona. Sólo con el corazón se conoce verdaderamente a una persona.
De hecho los fariseos y los saduceos conocieron a Jesús en lo exterior, escucharon su enseñanza, muchos detalles de él, pero no lo conocieron en su verdad. Hay una distinción análoga en unas palabras de Jesús. Después de la Transfiguración, pregunta a los Apóstoles: “¿Quién dice la gente que soy yo?” y “¿quién decís vosotros que soy yo?”. La gente lo conoce, pero superficialmente; sabe algunas cosas de él, pero no lo ha conocido realmente. En cambio los Doce, gracias a la amistad, que implica también el corazón, al menos habían entendido en lo sustancial y comenzaban a saber quién era Jesús.

También hoy existe esta forma distinta de conocer: hay personas doctas que conocen a Jesús en muchos de sus detalles y personas sencillas que no conocen estos detalles, pero que lo conocen en su verdad: “El corazón habla al corazón”. Y san Pablo quiere decir esencialmente que conoce a Jesús así, con el corazón, y que de este modo conoce esencialmente a la persona en su verdad; y después, en un segundo momento, que conoce sus detalles.
Para reflexionar y compartir: ¿Comprendes con claridad las dos formas de conocer que se presentan? ¿Tienes experiencia de ello?

II. San Pablo y la vida de Jesús
Dicho esto, queda aún la cuestión: ¿Qué sabía san Pablo de la vida concreta, de las palabras, de la pasión, de los milagros de Jesús? Parece seguro que nunca se encontró con él durante su vida terrena. A través de los Apóstoles y de la Iglesia naciente, seguramente conoció también detalles de la vida terrena de Jesús. En sus cartas encontramos tres formas de referencia al Jesús prepascual (de antes de la Pascua): referencias explícitas y directas, frases de los evangelios que son utilizadas por Pablo y la trasposición de una tradición de antes de la Pascua a la situación que vivían las comunidades después de la Pascua.

a) Referencias explícitas y directas a Jesús
San Pablo habla de la ascendencia davídica de Jesús (cf. Rm 1,3), conoce la existencia de sus “hermanos” o consanguíneos (1Co 9, 5; Ga 1,19), conoce el desarrollo de la última Cena (cf. 1Co 11,23), conoce otras palabras de Jesús, por ejemplo sobre la indisolubilidad del matrimonio (cf. 1Co 7,10 con Mc 10,11-12), sobre la necesidad de que quien anuncia el Evangelio sea mantenido por la comunidad, pues el obrero merece su salario (cf. 1Co 9,14 con Lc 10,7); san Pablo conoce las palabras pronunciadas por Jesús en la última Cena (cf. 1Co 11,24-25 con Lc 22,19-20) y conoce también la cruz de Jesús. Estas son referencias directas a palabras y hechos de la vida de Jesús.

b) Frases de los evangelios utilizadas por Pablo
En segundo lugar, podemos entrever en algunas frases de las cartas paulinas varias alusiones a la tradición atestiguada en los Evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas). Por ejemplo, las palabras que leemos en la primera carta a los Tesalonicenses, según la cual “el día del Señor vendrá como un ladrón en la noche” (1Ts 5, 2), no se explicarían remitiéndonos a las profecías veterotestamentarias (del Antiguo Testamento), porque la comparación con el ladrón nocturno sólo se encuentra en los evangelios de san Mateo y de san Lucas, por tanto está tomado de la tradición sinóptica.

Así, cuando leemos que Dios “ha escogido más bien lo necio del mundo” (1Co 1,27-28), se escucha el eco fiel de la enseñanza de Jesús sobre los sencillos y los pobres (cf. Mt 5,3; 11,25; 19,30). Están también las palabras pronunciadas por Jesús en el júbilo mesiánico: “Te bendigo Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes y se las has revelado a los pequeños” (Mt 11,25). San Pablo sabe —es su experiencia misionera— que estas palabras son verdaderas, es decir, que son precisamente los sencillos quienes tienen el corazón abierto al conocimiento de Jesús. También la alusión a la obediencia de Jesús “hasta la muerte”, que se lee en la carta a los Filipenses (cf. Flp 2,8) hace referencia a la total disponibilidad del Jesús terreno a cumplir la voluntad de su Padre (cf. Mc 3,35; Jn 4,34).

Por tanto, san Pablo conoce la pasión de Jesús, su cruz, el modo como vivió los últimos momentos de su vida. La cruz de Jesús y la tradición sobre este hecho de la cruz está en el centro del kerigma paulino. Otro pilar de la vida de Jesús conocido por san Pablo es el Sermón de la Montaña, del que cita algunos elementos casi literalmente, cuando escribe a los Romanos: “Amaos unos a otros. (…) Bendecid a los que os persiguen. (…) Vivid en paz con todos. (…) Venced al mal con el bien”. Así pues, en sus cartas hay un reflejo fiel del Sermón de la Montaña (cf. Mt 5-7).

c) Trasposición de una tradición prepascual a situaciones pospascuales
Por último, en las cartas de san Pablo es posible hallar un tercer modo de presencia de las palabras de Jesús: es cuando realiza una forma de transposición de la tradición prepascual a la situación después de la Pascua. Un caso típico es el tema del reino de Dios, que está seguramente en el centro de la predicación del Jesús histórico (cf. Mt 3, 2; Mc 1, 15; Lc 4, 43). En san Pablo se encuentra una trasposición de este tema, pues tras la resurrección es evidente que Jesús en persona, el Resucitado, es el reino de Dios. Por tanto, el reino llega donde está llegando Jesús. Y así, necesariamente, el tema del reino de Dios, con el que se había anticipado el misterio de Jesús, se transforma en cristología. Sin embargo, las mismas disposiciones exigidas por Jesús para entrar en el reino de Dios valen exactamente para san Pablo a propósito de la justificación por la fe: tanto la entrada en el Reino como la justificación requieren una actitud de gran humildad y disponibilidad, libre de presunciones, para acoger la gracia de Dios.

Por ejemplo, la parábola del fariseo y el publicano (cf. Lc 18,9-14) imparte una enseñanza que se encuentra tal cual en san Pablo, cuando insiste en que nadie debe gloriarse en presencia de Dios. También las frases de Jesús sobre los publicanos y las prostitutas, más dispuestos que los fariseos a acoger el Evangelio (cf. Mt 21,31; Lc 7,36-50) y sus deseos de compartir la mesa con ellos (cf. Mt 9,10-13; Lc 15,1-2) encuentran pleno eco en la doctrina de san Pablo sobre el amor misericordioso de Dios a los pecadores (cf. Rm 5,8-10; y también Ef 2,3-5). Así, el tema del reino de Dios se propone de una forma nueva, pero con plena fidelidad a la tradición del Jesús histórico.

Otro ejemplo de transformación fiel del núcleo doctrinal de Jesús se encuentra en los “títulos” referidos a él. Antes de Pascua él mismo se califica como Hijo del hombre; tras la Pascua se hace evidente que el Hijo del hombre es también el Hijo de Dios. Por tanto, el título preferido por san Pablo para calificar a Jesús es Kýrios, “Señor” (cf. Flp 2,9-11), que indica la divinidad de Jesús. El Señor Jesús, con este título, aparece en la plena luz de la resurrección.

En el Monte de los Olivos, en el momento de la extrema angustia de Jesús (cf. Mc 14,36), los discípulos, antes de dormirse, habían oído cómo hablaba con el Padre y lo llamaba “Abbá-Padre”. Es una palabra muy familiar, equivalente a nuestro “papá”, que sólo usan los niños en comunión con su padre. Hasta ese momento era impensable que un judío utilizara dicha palabra para dirigirse a Dios; pero Jesús, siendo verdadero hijo, en esta hora de intimidad habla así y dice: “Abbá, Padre”. En las cartas de san Pablo a los Romanos y a los Gálatas, sorprendentemente, esta palabra “Abbá”, que expresa la exclusividad de la filiación de Jesús, aparece en labios de los bautizados (cf. Rm 8, 15; Ga 4, 6), porque han recibido el “Espíritu del Hijo” y ahora llevan en sí mismos ese Espíritu y pueden hablar como Jesús y con Jesús como verdaderos hijos a su Padre; pueden decir “Abbá” porque han llegado a ser hijos en el Hijo.
Por último, quiero aludir a la dimensión salvífica de la muerte de Jesús, como la encontramos en la frase evangélica: “El Hijo del hombre no ha venido para ser servido sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mc 10,45; Mt 20,28). El reflejo fiel de estas palabras de Jesús aparece en la doctrina paulina sobre la muerte de Jesús como rescate (cf. 1Co 6,20), como redención (cf. Rm 3,24), como liberación (cf. Ga 5,1) y como reconciliación (cf. Rm 5,10; 2Co 5,18-20). Aquí está el centro de la teología paulina, que se basa en estas palabras de Jesús.
Para reflexionar y compartir: Toma un ejemplo de a), de b) y de c) y búscalo en tu Biblia. ¿Percibes las características que se indican en el texto? ¿En qué encuentras dificultad?

Conclusión
San Pablo no pensaba en Jesús en calidad de historiador, como una persona del pasado. Ciertamente, conoce la gran tradición sobre la vida, las palabras, la muerte y la resurrección de Jesús, pero no trata todo ello como algo del pasado; lo propone como realidad del Jesús vivo. Para san Pablo, las palabras y las acciones de Jesús no pertenecen al tiempo histórico, al pasado. Jesús vive ahora y habla ahora con nosotros y vive para nosotros. Esta es la verdadera forma de conocer a Jesús y de acoger la tradición sobre él. También nosotros debemos aprender a conocer a Jesús, no según la carne, como una persona del pasado, sino como nuestro Señor y Hermano, que está hoy con nosotros y nos muestra cómo vivir y cómo morir.
Para reflexionar y compartir: Cómo conocemos a Jesús: ¿cómo alguien del pasado? ¿Cómo nuestro hermano y Señor? ¿En qué lo percibimos?

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